Ventimiglia, la Lampedusa del norteEl nuevo embudo del drama de los refugiados

El trayecto en tren que conecta Niza con Ventmiglia, ciudad italiana del noroeste italiano que hace frontera con Francia, transcurre con tranquilidad, serpenteando los pueblos bañados por la Costa Azul. El recorrido inverso es todo lo contrario.

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La policía y el ejército italiano custodian la estación de Ventimiglia. En la primera parada, Menton Garavan, cinco policías franceses equipados con chalecos antibalas y una cizalla suben y rastrean el convoy hasta el último rincón.

Desde hace poco más de dos años tienen órdenes de que no pase ni un solo inmigrante ilegal. Sacan a cinco hombres de raza negra del tren y los cachean. Los han pillado. Automáticamente les entregan un papel y los mandan de vuelta a Italia, a la casilla de salida.

Este es el pan de cada día para los inmigrantes que se agolpan en Ventimiglia, una ciudad dividida por el desbordamiento del fenómeno migratorio.

“Deberíamos cuidar primero a los italianos. Los ancianos ya no salen por la noche por miedo”, relata Enzo, uno de los vecinos. Este pescador se queja de la situación medioambiental del río Roja, donde vive un grupo en condiciones insalubres, muy precarias. Los comerciantes denuncian que la inmigración ha perjudicado sus negocios porque los turistas italianos ya no vienen.

La otra cara de la moneda son quienes ayudan a estas personas. Delia nos cuenta que ha tenido que reinventarse como vendedora en su bar, aprender a cocinar lo que les gusta o cobrar un euro a quienes solo desean cargar el móvil, porque la clientela de toda la vida ha dado la espantada y no hay forma de sacar el negocio adelante. Alessandro es un pensionista que cocina todos los días para ellos desde hace dos años en la sede de Cáritas. “Lo aprendí de mi padre. Recuerdo cuando salía de trabajar y recogía por la calle a tres o cuatro niños y los invitaba a comer a casa. Eran los hijos de quienes venían a Ventimiglia escapando de la Mafia”.

Ventimiglia es una ciudad que huele a mar, con playas rocosas, donde el italiano se habla con acento afrancesado y el viento sacude con fuerza. Un paisaje donde los descapotables de alta gama se mezclan con sudaneses pidiendo comida. Una ciudad partida por un puente, un paso a nivel y la presencia de los inmigrantes. Hoy es el último muro, la última frontera, un dormitorio para quienes sueñan continuar su viaje hacia Francia o Inglaterra, donde emprender una nueva vida alejados de la guerra y el hambre. En las terrazas de sus bares se discute su presencia, en los bancos cercanos a la estación los inmigrantes esperan un despiste de la policía para acceder a las vías, pero su color de piel les delata.

En este rincón costero cercano a San Remo hay brotes de rechazo, de xenofobia y racismo, pero también de solidaridad de unos voluntarios como Francesca que los reúne al mediodía en la cocina de la Iglesia de Rito Álvarez para comer juntos. A unos, la oscuridad de la noche se los tragó para siempre en los precipicios de los peligrosos senderos de las montañas que conectan con Francia, otros alcanzaron la meta, y algunos han encontrado trabajo en ONGs como mediadores culturales. Pero Ventimiglia cambió. De ser conocida por las historias de piratas de Salgari, hoy es apodada “la nueva Lampedusa”.

Por Rubén Martínez

Publicación

6 de noviembre, 2017

Créditos

  • Un reportaje deRubén Martínez

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